martes, 12 de abril de 2011

Literatura



Alice empezaba ya a cansarse de hablar con su mejor amiga, Dorothy, por el chat del Tuenti: había echado un par de ojeadas a sus comentarios, pero no paraba de fardar sobre su viaje a Oz. “¿Y a mi que me importa que haya hecho un montón de amigos y además se haya traído unos mágicos zapatos rojos de Oz?”, se preguntaba Alice.

Así pues, estaba pensando (y pensar le costaba cierto esfuerzo, porque el estar todo el día con su iPhone la había dejado atontada) si el placer de tirarle un globo de agua a su querida amiga Dorothy compensaría el trabajo de levantarse llenar el globo de agua e ir a lanzarselo, cuando de pronto pasó cerca de ella un León Blanco de ojos verdes.

No había nada muy extraordinario en esto, ni tampoco le pareció a Alice muy extraño oír que el León se decía a sí mismo: « ¡Ay madre! ¡Ay madre! ¡Voy a llegar tarde!» (Cuando pensó en ello después, decidió que, desde luego, hubiera debido sorprenderla mucho, pero en aquel momento le pareció lo más natural del mundo). Pero cuando el León se sacó un reloj de bolsillo del chaleco, lo miró y echó a correr, Alice se levantó de un salto, porque comprendió de golpe que ella nunca había visto un León, y menos uno con chaleco, ni con reloj que sacarse de él, y, ardiendo de curiosidad, se puso a correr tras el León por la bosque, y llegó justo a tiempo para ver cómo se introducía en un armario ,con un extraño diseño, que se ocultaba tras un seto.

Un momento más tarde, Alice abría el armario y se metía también en su interior, sin pararse a considerar cómo se las arreglaría después para salir, ya que la puerta se había cerrado a sus espaldas.

Al principio, el armario se extendía en línea recta como un pasadizo, y después torció bruscamente hacia abajo, tan bruscamente que Alicia no tuvo siquiera tiempo de pensar en detenerse y se encontró cayendo por lo que parecía un pozo muy profundo.

O el pozo era en verdad profundo, o ella caía muy despacio, porque Alice, mientras descendía, tuvo tiempo sobrado para mirar a su alrededor y para preguntarse qué iba a suceder después. Primero, intentó mirar hacia abajo y ver a dónde iría a parar, pero estaba todo demasiado oscuro para distinguir nada. Después miró hacia las paredes del pozo y observó que estaban cubiertas de peluchitos y estantes para DVDs: aquí y allá vio gominolas y fotos, de gente en la playa. Cogió, a su paso, un jarro de gominolas. Llevaba una etiqueta que decía: OSITOS SIN AZÚCAR, pero vio, con desencanto, que estaba vacío.

 No le pareció bien tirarlo al fondo, por miedo a matar a alguien que anduviera por abajo, y se las arregló para dejarlo en un estante.

« ¡Vaya! », pensó Alicia. « ¡Después de una caída como ésta, rodar por las escaleras me parecerá algo sin importancia! ¡Qué alucinante me encontrarán todos! (mucho más que a esa petarda de Dorothy) ¡Ni siquiera lloraría, aunque me cayera del tejado!» (Y era verdad.)Abajo, abajo, abajo. ¿No acabaría nunca de caer?

-Me gustaría saber cuántos kilómetros he descendido ya -dijo en voz alta-.

Tengo que estar bastante cerca del centro de la tierra. Veamos:si he aprendido algo en mis clases de geología debería estar a unos... A quien vamos a engañar, no tengo ni idea.

Como veis, Alice no había aprendido nada en la escuela, y muchos menos en geología, con una profesora a la que le preguntaba como se formaba el granito y que terminaba contándote una “anécdota” sobre aquella vez que tenía piedras en el riñón.

-¡A lo mejor caigo a través de toda la tierra! ¡Qué divertido sería salir donde vive esta gente que anda cabeza abajo! Los antipáticos, creo... (Ahora Alice se alegró de que no hubiera nadie escuchando, porque esta palabra no le sonaba del todo bien.) Pero entonces tendré que preguntarles el nombre del país. Por favor, señora, ¿estamos en Nueva Zelanda o en Australia?

Y mientras decía estas palabras, ensayó una reverencia. ¡Reverencias mientras caía por el aire! ¿Creéis que esto es posible?

-Y cuando me levante despues de hacer la reverencia¡Les voy a dar un cabezazo! Ya verás que divertido.

Abajo, abajo, abajo. No había otra cosa que hacer y Alice empezó enseguida a hablar otra vez.

-¡Temo que Rico me echará mucho de menos esta noche! (Rico era el gato.) Espero que se acuerden de su platito de leche con pastas (con sabor a pescado) a la hora del té. ¡Rico, cachondo, me gustaría tenerte conmigo aquí abajo! En el aire no hay ratones, claro, pero podrías cazar algún murciélago, y se parecen mucho a los ratones, sabes. Pero me pregunto: ¿comerán murciélagos los gatos?

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